Friday, September 14, 2018

Feos y horribles

Cuando acomodó su cabeza en mi hombro y nos abrazamos, fue como sentir a un reptil de mi tamaño abrazandome. Contra mis jeans, contra su campera de cuero, la piel fría  y el olor a tabaco en las yemas de sus dedos que recorrian mis labios como los de un ciego, tratando de leer las instrucciones para hacer el nudo de una horca.
 Volvi a sentir a todas las cosas vivas, y el mundo dejo de ser un cementerio de palabras.
Nos miramos a los ojos en el espejo de la planta baja, éramos dos exploradores afiebrados en un planeta de flores plásticas y luces dicroicas.
Mi pija estaba viva.
Ya no me pertenecía.
Era un gorrión, un hámster, el cachorro de un gato atrapado en mis calzónes.
El espejo del ascensor nos volvió a encontrar, un poco mareados, con náuseas, estaba amaneciendo y la noche había durado setenta y cuatro días. Todo era tóxico.
Puso las llaves en la cerradura sin dejar de mirarme ni de sonreír, al mismo tiempo que la agarré por atras con ambas manos , separando las nalgas como quien trata de partir una sandía en dos, y le acomode mi pija, el hámster, el cachorro de gato, el gorrión, justo en la entrada de su culo. Me pidio que pare, me pregunto que hacía, y de un sólo movimiento con sus caderas, me hizo retroceder dos pasos.

El departamento estaba lleno de luz, era un monoambiente con vista al sol, desde la calle entraban los sonidos de taladros y sierras de una obra en construcción.
Éramos otros, pero estábamos encendidos, como el corazón de un volcán dormido.
Los muebles tambien eran otros, había frases de amor escritas con fibra sobre los vidrios del ventanal, un bolso lleno de ropa que no me pertenecía, colillas de cigarrillos negros en los ceniceros, y otra vez esa estúpida sonrisa hipnotizandome.
Se desabrocho tres botones de su camisa para mostrarme un tatuaje de David Bowie en su hombro izquierdo, que aún no había terminado de cicatrizar. No llevaba corpiño y el duque blanco quedo opacado frente a la presencia de su teta blanca, su pezón erguido, plástico, amenazante.
Mire a mi alrededor, la cama revuelta, una guitarra criolla arriba del placard, una sanguchera electrica, plantas de interior que no eran nuestras, de ella.
Le dije que no, y David Bowie me miro desconcertado con sus ojos que eran dos microheridas.
Me vine a despedir, dije.
Fue hasta la puerta y la abrio, bajamos por el ascensor en silencio mientras ella volvia a abotonarse la camisa, abrio la puerta de calle, y sali.
Los obreros seguian taladrando el asfalto, hubiese preferido otro final, pero la vida no es un cuento que yo escribo.